FAUSTO


supremo, tú salvaste al hechicero el día de tu coronación. El
primer rayo de gracia de tu diadema alcanzó aquella cabeza
maldita en detrimento de la cristiandad. Mas, hiere tu pecho,
y de esa fortuna impía restituye luego al punto un modesto
óbolo santuario. El vasto espacio de las colinas, allí donde se
levantaban tus reales, allí donde se congregaron malos
espíritus para tu defensa y donde prestaste dócil oído al
príncipe de la mentira, conságralo tú, piadosamente
instruído, a una santa obra, junto con la montaña y la tupida
selva, tan lejos como se extienden, con las alturas que se
cubren de verdor para ofrecer un pasto perpetuo, con los
cristalinos lagos abundantes en pesca; después los arroyos sin
cuento, que, serpenteando rápidos, se precipitan en el valle;
luego el extenso valle mismo, con sus prados, vegas y
hondonadas. Así se mostrará el arrepentimiento, y tú hallarás
gracia.

EL EMPERADOR
Tan profundamente aterrado estoy por mi grave culpa,
que tú mismo fijarás el límite según tu propia medida.

EL ARZOBISPO
Primero: que el espacio profanado en donde tanto se
pecó, sea incontinenti declarado para el servicio del Altísimo.
Ya veo en espíritu alzarse con rapidez sólidos muros; la
mirada del sol matutino ilumina el coro; en forma de cruz se
desarrolla el creciente edificio; prolóngase la nave y se eleva
para júbilo de los fieles, que afluyen ya, llenos de fervor,

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