JOHAN WOLFGANG GOETHE


los ojos flotaba como un velo; después todo zumbaba y
zurría y silbaba al oído, y así continuó hasta el fin. Ahora
estamos aquí sin saber siquiera cómo ello acaeció.
Aparece el EMPERADOR acompañado de cuatro
PRÍNCIPES. Los soldados de la Guardia se retiran.

EL EMPERADOR
Sea como fuere, hemos ganado la batalla. En su
desordenada fuga, el enemigo ha desaparecido en el campo
raso. Aquí está el trono desocupado; un pérfido tesoro,
cubierto de tapices, reduce el espacio en contorno. Nós,
colmado de honores, protegido por nuestros soldados de la
guardia, esperamos en calidad de Emperador a los enviados
de los pueblos. De todas partes llegan faustos mensajes: que
el Imperio está pacificado, que nos es gustosamente adicto. Si
en nuestra lucha se mezcló también la hechicería, al fin nos
batimos solos. Cierto es que sobrevienen azares en beneficio
de los combatientes: cae del cielo una piedra, llueve sangre
sobre el enemigo, de las oquedades de las peñas salen
potentes, prodigiosos sonidos que dilatan nuestro pecho y
oprimen el del adversario. Cae el vencido, cubierto de un
baldón siempre renovado; el vencedor, radiante de gloria,
ensalza al Dios propicio, y sin necesidad de mandato alguno,
todo el mundo une su voz a la suya, y millones de gargantas
entonan a coro: Te Deum laudamus. Mas yo, para suprema
alabanza, vuelvo la piadosa mirada a mi propio pecho, cosa
que antes sucedía rara vez. Por más que un príncipe mozo y
jovial pierda su tiempo sin provecho, los años le enseñan la

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