FAUSTO


un estrépito mucho tiempo ha, un prodigioso ruido que no
es natural.

MEFISTÓFELES
¡Muy bien! Nada puede ya contenerlos. Ya se oyen
palizas, caballerescas, como en los buenos tiempos de
antaño. Brazales, lo mismo que canilleras, cual güelfos y
gibelinos, renuevan briosos la eterna lucha. Firmes, asentados
en el sentimiento hereditario, muéstranse irreconciliables. La
batahola resuena ya en todas direc-ciones. Al fin y a la postre,
en todas las fiestas del diablo el encono de los partidos obra
que no hay más que pedir, hasta el horror más extremado.
Esto repercute por fuera en pánico desaforadamente
enojoso, mezclado con una gritería chillona, estridente,
satánica, que siembra el espanto en el valle.
(Tumulto guerrero, en la orquesta, que al fin se convierte en alegre
música militar.)




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