JOHAN WOLFGANG GOETHE


señor feudal de nuestros magnates, ¡sea precipitado por
nuestra propia mano en el reino de los muertos!

FAUSTO
Por muy glorioso que sea dar cima a una empresa tan
heroica, no es bien que así expongas tu cabeza. ¿No está el
casco adornado con cimera y penacho? El es quien protege la
cabeza que exalta nuestro ardimiento. Sin la cabeza, ¿de qué
servirían los miembros? Pues si ella está adormecida, todos
desfallecen; si recibe daño, al punto son heridos, y renacen
sanos cuando ella sana en breve. Con presteza sabe el brazo
hacer uso de su firme derecho; levanta el broquel para
proteger el cráneo; la espada atiende sin dilación a su deber:
desvía con fuerza el golpe y lo devuelve, el sólido pie toma
parte en su fortuna sentándose resuelto sobre la cervis del
caído adversario.

EL EMPERADOR
Tal es mi enojo, que así le quisiera Yo tratar: hacer de su
altiva cabeza un escabel para mis pies.

LOS HERALDOS
(Volviendo). De escaso honor, de poca autoridad hemos
gozado allí. Como de una bufonada insulsa, hanse reído de
nuestro enérgico y noble mensaje. "Vuestro Emperador
-decían- se ha desvanecido como un eco en el estrecho valle.
Si en alguna ocasión hemos de acordarnos de él decimos
como el cuento; Érase una vez..."

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