FAUSTO


alrededor, estaban los áridos leños mezclados con pez y
varillas de azufre. Ni hombre ni dios ni diablo podían
salvarle. Tu Majestad rompió las encandecidas cadenas, Esto
fué en Roma. Por ello te queda altamente obligado, y siempre
solícito sigue tus pasos. Desde aquel momento, se olvidó por
completo de sí mismo, sólo por ti interroga a los astros y las
profundidades. Nos encargó, como el más apremiante
empeño, el estar a tu lado. Grandes son las fuerzas de la
montaña; la Naturaleza obra allí libre y prepotente. El sentido
obtuso de los clérigos califica eso de hechicería.

EL EMPERADOR
En los días de regocijo, cuando saludamos a los
huéspedes que risueños acuden para gozar alegremente, nos
complacemos viendo allí como todos se empujan y oprimen,
y uno tras otro van estrechando el recinto de los salones;
pero con la más alta consideración debe ser acogido el
hombre leal cuando se presenta denodado a nosotros para
aportar auxilio en la critica hora matinal que rige, pues por
cima de ella domina la balanza del Destino. Con todo, en
estos instantes solemnes, retirad de la dócil espada la diestra
vigor osa; respetad el momento en que muchos millares de
hombres avanzan para pelear en favor mío o contra mí. El
hombre es uno mismo. Quien aspire al trono y a la corona,
ha de ser personalmente digno de tales honores. Que al
fantasma que se ha alzado contra nosotros titulándose
Emperador y señor de nuestros Estados, caudillo del ejército,



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