FAUSTO


Llega el segundo explorador bajando con paso lento. Este
hombre está fatigado, y tiembla de pies a cabeza.

SEGUNDO EXPLORADOR
Ante todo, hemos visto con placer el curso errante de un
tumulto desordenado. De pronto, cuando menos se
esperaba, preséntase un nue-vo Emperador, y, por sendas de
antemano señaladas, la muchedumbre se pone en marcha a
través de los campos, y todos, cual rebaño de carneros,
siguen las falsas banderas desplegadas al viento.

EL EMPERADOR
Por mi bien llega un Emperador rival. Ahora, por vez
primera, siento que yo soy el Emperador. Solamente como
soldado revestíme con el arnés; para más alto fin me lo he
puesto ahora. En cada fiesta, por muy lucida que fuese, y
aunque no se echara de menos cosa alguna, me faltaba el
peligro. Quienquiera que seáis, vosotros me aconsejábais
correr la sortija. Latíame con fuerza el corazón, yo no
alentaba sino para los torneos, y si no me hubiéseis
disuadido de guerrear, ya resplandecería ahora por mis
brillantes proezas. Sentía en mi pecho en sello de la
independencia cuando, como un espejo, me miré en el reino
de fuego; el furioso elemento se desató contra mí. Aquello
fué sólo apariencia, pero la apariencia era grandiosa.
Confusamente he soñado con triunfos y gloria. Voy a reparar
lo que de un modo culpable descuidé.
(Los Heraldos son despachados para ir a retar al Antiemperador.)

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