FAUSTO




MEFISTÓFELES
Durante mi expedición, no se me ocultó que el bueno del
Emperador está sumido en grandes cuidados; tú le conoces
ya. Cuando nosotros le divertíamos, cuando hacíamos llover
en sus manos una mentida riqueza, entonces para él todo el
mundo era vendible. Pues, joven aún, le cupo en suerte el
trono, y le plugo concluir erróneamente que eran dos cosas
que bien podían ir juntas y que era muy deseable y hermoso
el reinar y divertirse a un tiempo.

FAUSTO
¡Craso error! El hombre que debe mandar, ha de sentir en
el mando la dicha suprema. Su pecho está lleno de una alta
voluntad, pero lo que él quiere no es permitido a ningún ser
humano de sondearlo. Lo que ha murmurado al oído de los
más fieles, queda hecho, y todo el mundo se asombra. Así,
será siempre el más encumbrado, el más digno de todos. El
goce avillana.

MEFISTÓFELES
No es él así. También ha gozado, ¡y de qué manera! Entre
tanto, el imperio se desquiciaba en una anarquía, en el cual
grandes y pequeños se hacían la guerra a diestro y siniestro, y
los hermanos se perseguían y mataban, castillo contra castillo,
ciudad contra ciudad, el pueblo en pugna con la nobleza, el
obispo con el cabildo y la comunidad; bastaba mirarse uno a
otro para ser enemigos. En las iglesias eran cosas corrientes la

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