FAUSTO


samente seductora oscila ante mis ojos! ¡Ah! ya se desordena.
Informe, ancha y amontonada, se para en el Oriente
semejando apar-tados montones cubiertos de nieve, y refleja
deslumbradora el gran pensamiento de fugitivos días. Pero
una sutil y luminosa franja de niebla fluctúa aún en derredor
de mi pecho y de mi frente, serenándome, fresca y halagüeña.
En este momento sube, ligera y vacilante, cada vez más alto, y
se aglomera. ¿Me engaña una encantadora imagen, como el
bien supremo y tanto tiempo llorado de la primera juventud?
Surgen los más primitivos, los más íntimos tesoros del
corazón. Esto me designa el amor de mi aurora, de ligero
vuelo, la primera mirada, apenas comprendida, que tan rápida
impre-sión produjo en mi, y que retenida fielmente, superaba
en brillo a todos los tesoros. Cual la belleza del alma,
agrándase la forma hechicera y, lejos de disiparse, se remonta
en el éter llevándose consigo la mejor parte de mi corazón.
Una bota de siete leguas se asienta pesadamente en el suelo; otra la sigue
al momento. MEFISTÓFELES echa pie a tierra. Las botas se ponen
de nuevo en marcha alejándose con rapidez.

MEFISTÓFELES
A eso llamo yo en conclusión adelantar. Pero ahora dime:
¿qué pensamientos te asaltan? ¿Desciendes en medio de tales
horrores, en esos peñascales que bostezan de una manera tan
espantosa? Bien conozco yo eso, mas no en este sitio, porque
eso fué propiamente el fondo del infierno.

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