JOHAN WOLFGANG GOETHE


vigorosa danza de los pisauvas. Y así, la santa abundancia de
los granos límpidos y jugosos es despachurrada con los pies
sin consideración alguna; espumando, chispeando, todo se
mezcla ingratamente aplastado. Y ahora taladran el oído los
metálicos sones de címbalos y tímpanos, por, que Dionisos
se ha despojado de los Misterios; preséntase con caprípedos
haciendo dar volteretas a las caprípedas, y en medio de ellos,
rebuznando con voz en exceso estri-dente, el orejudo animal
en que cabalga Síleno. Nada de miramientos. Los
ahorquillados pies huellan toda conveniencia, túrbanse todos
los sentidos, presa del vértigo; el oído se aturde
horriblemente. Los beodos buscan a tientas el cuenco;
cabezas y barrigas están sobrecargadas. Serenos están todavía
éste y aquél, pero acrecen el tumulto, puesto que para guardar
bien el nuevo mosto, se vacía a toda prisa el odre viejo.




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