FAUSTO


hileras de colinas ricamente engalanadas. Siempre hacia abajo,
siempre más hondo, regamos serpenteando, a modo del
Meandro, ahora la pradera, luego la dehesa, después el jardín
que rodea la casa. Allí lo indican las agudas copas de los
cipreses, que se elevan hacia el éter, por encima del paisaje,
del contorno de la orilla y del espejo de las ondas.

UNA CUARTA PARTE
Marchad ondulando, vosotras, allí donde os plazca;
nosotras cercamos la colina en todas partes cultivada,
zumbamos en derredor, allí donde junto a la estaca verdea la
vid; allí a todas horas del día, el afán del viñador deja ver el
dudoso éxito de la solicitud más amorosa. Ora con el
azadón, ora con la laya, ora atetillando, podando, atando,
invoca a todos los dioses, y ante todo al dios del sol. Baco, el
afeminado se inquieta muy poco por el fiel servidor; descansa
bajo las enramadas, se reclina en las cuevas bromeando con
el más joven de los faunos. Todo cuanto ha menester para la
semiembriaguez de sus desvaríos, siempre está para él
guardado por tiempos perdurables en odres, jarras y vasos, a
derecha e izquierda de frescas grutas. Mas cuando todos los
dioses y sobre todo Helios, aireando, humedeciendo,
calentando, abrasando, han colmado el cuerno de
abundancia de los granos allí donde en silencio laboraba el
viñador, allí, de repente todo se anima, y los pámpanos
susurran en cada emparrado y se oye un murmurio que va de
estaca a estaca. Crujen los cuévanos, rechinan las comportas,
gimen las banastas, todo en camino de la gran tina, para la

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