FAUSTO


días serenos y sombríos, canto y arrojo fueron en ti bellos y
grandes.
¡Ay! Nacido para la dicha terrena, descendiente de ilustres
abue-los, dotado de gran pujanza, en edad temprana, ¡ay!
Perdido para ti mismo, segada flor de juventud; mirada
penetrante para contemplar el mundo; simpatía por todo
impulso del corazón; llama de amor para las más bellas
mujeres, y un canto propio, singular.
Mas, sin que nada pudiera atajar tu curso, corriste libre
para caer en el lazo inerte. Así rompiste de violenta manera
con las costumbres, con las leyes, pero al fin el pensamiento
más elevado dió peso a tu noble ardor; pretendiste alcanzar
lo sublime, mas no te favoreció la suerte.
¿A quién sonríe la fortuna? Tenebrosa pregunta ante la
cual se vela el Destino, cuando en el más aciago día
enmudece todo un pueblo ensangrentado. Pero entonad
nuevos cantos, no estéis más tiempo hondamente abatidos;
porque la tierra engendra de nuevo tales seres, como siempre
los engendró.
(Pausa completa. Cesa la música.)

HELENA
(A Fausto). Por desgracia, una antigua sentencia se
confirma también en mí: que la dicha y la belleza no se
juntan de un modo dura-dero. Roto está el lazo de la vida, lo
mismo que el del amor. Deplo-rando uno y otro, despídome
llena de congoja, y por vez postrera me echo en tus brazos...
¡Perséfone, acoge al niño y acógeme a mí!

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