FAUSTO


es cabalmente lo que se utilizaría, y aquello que se sabe no
puede utilizarse. Pero ¿a qué turbar con tan negras
reflexiones los goces de esta hora deliciosa? Contempla cómo
a los fuegos del sol poniente resplandecen las cabañas
rodeadas de verdor. Declina el sol y se hunde en el ocaso, el
día ha fenecido; pero el radiante astro, siguiendo su carrera
veloz, despierta en otros pa-rajes una nueva vida. ¡Ah! ¡qué
no tenga yo alas para elevarme más a-rriba de la tierra y
lanzarme anhelante en pos, siempre en pos de él! Entonces
vería, en un perenne crepúsculo vespertino, el mundo
silencioso a mis pies, abrasadas las cumbres todas de los
montes, plácidos los valles, y el arroyuelo argentino correr
trocada en oro su corriente. La abrupta sierra, con todos sus
despeñaderos, no atajaría entonces mi carrera, semejante a la
de los dioses. Ante los ojos atónitos, extiéndese ya el mar con
sus abrigados senos. Pero el dios tiene trazas de hundirse y
desaparecer por fin en lontananza. Con todo, despiértase un
nuevo impulso, y con apresurado vuelo sigo adelante para
saciarme de su eterna luz. Ante mí, el día; detrás de mí, la
noche; el cielo arriba, las olas abajo. ¡Qué delicioso sueño! Y
en tanto, el astro desaparece. ¡Ay! Con las alas del espíritu no
se juntará tan fácilmente ninguna ala corpórea. Y a pesar de
todo, es innato en cada hombre que su alma se lance hacia
arriba y adelante, cuando por cima de nosotros, perdida en el
espacio azul, la alondra emite sus notas estridentes; cuando
más arriba de las escarpadas cumbres pobladas de pinos, se
cierne el águila con las alas extendidas, y dominando llanuras
y mares, la grulla vuela afanosa hacia su país natal.

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