FAUSTO


¿A eso llamas una maravilla, tú, engendrada en Creta?
¿No has, pues, escuchado jamás la palabra poéticamente
instructiva? ¿No has oído nunca de la Jonia, ni aprendiste
tampoco de la Hélade la riqueza divina, heroica de las
tradiciones primitivas? Todo cuanto se compone hoy día es
eco triste de los gloriosos días de nuestros mayores. Tu relato
no puede compararse a aquella deleitable ficción, más
fidedigna que la verdad, que cantó al hijo de Maya. Apenas
nacido, la caterva de niñeras parlanchinas, de preocupaciones
absurdas, envuelve con la fel-pa de los más blancos pañales a
este crío airoso, aunque robusto, y le aprieta con el arreo de
preciosas fajas y mantillas. Pero, robusto y gracioso, ya saca
con maña el picarillo los miembros flexibles y elásticos,
dejando tranquilamente en su lugar la envoltura purpurina
que oprime de angustiosa manera, parecido a la mariposa
perfecta, que, salida de la dura estrechez de la crisálida, con
alas desplegadas se desliza ágil revoloteando audaz y
juguetona por el éter atravesado por los rayos del sol. Listo
en extremo, además, a fin de ser para los ladrones y pícaros y
también para todos cuantos van en busca de fortuna un
genio eternamente propicio, lo prueba al punto con las más
diestras mañas. Con ligereza roba el tridente al soberano del
mar; a Arés mismo, sí, le quita sutil la espada de la vaina; a
Febo le sustrae también arco y flecha, así como las tenazas a
Hefestos; y le quitaría el rayo al mismo Zeus, al padre si no le
asustara el fuego; pero vence a Eros en el juego de los
luchadores echándole la zancadilla; por añadidura, roba



457

456