JOHAN WOLFGANG GOETHE


lanza a las alturas aéreas, y al segundo, al tercer brinco, toca la
alta bóveda. Presa de angustia, dícele a voces la madre: "Salta
una y otra vez a tu antojo; mas guárdate de volar; un vuelo
libre te está vedado." Y así le previene el afectuoso padre:
"Reside en la tierra la fuerza elástica que te lanza hacia arriba;
no toques el suelo sino con la punta del pie, y al igual que
Anteo, hijo de la Tierra, al punto cobras vigor" Y así el niño
va dando brincos sobre la mole de esta peña desde un
extremo al otro y a la redonda, de igual modo que salta una
pelota. Pero de súbito desaparece en la quiebra de una
fragosa torrentera, y le creemos perdido. Laméntase la madre,
el padre la consuela, y yo, encogida de hombros, estoy
acongojada. Mas ¡qué nueva aparición la de ahora! ¿Habrá
allí tesoros ocultos? Lleva puestos con dignidad vestidos
adornados de flores. Oscilantes flecos cuelgan de sus brazos,
revolotean cintas alrededor de su pecho, lleva en la mano la
lira de oro, lo mismo que un pequeño Febo, y avanza
placentero hacia el borde, hacia el punto más saliente.
Nosotros estamos sobrecogidos; y fuera de sí, arrójanse los
padres uno en brazos de otro. Mas ¡cómo reluce aquello que
ostenta sobre su cabeza! Lo que brilla, difícil es decirlo. ¿Es
una diadema de oro? ¿Es la llama de un genio superior?. Y
en tal guisa se mueve y acciona, anunciándose ya desde niño
como futuro maestro de todo lo bello, aquel por cuyos
miembros bullen las eternas melodías; y así vais a oírle, y así
veréis con admiración sin igual.

EL CORO

456

455