FAUSTO


anhelosos de más altas regiones, elevan sus ramas los árboles,
que se estrechan unos contra otro. Son antiguas selvas.
Yérguese robusta la encina, y de una manera caprichosa se
enlazan las ramas con las ramas; el tierno arce, preñado de
dulce savia, elévase pulido y juega con su carga. Y en la
umbría silenciosa, mana de la madre leche tibia aparejada
para el infante y el corderillo; a mano está la fruta, sazonado
manjar de las llanuras, y del hueco tronco fluye la miel. Aquí
la bienandanza es hereditaria; la mejilla está risueña, lo mismo
que la boca; cada uno, en su lugar, es inmortal; todos están
contentos y sanos. Y así, bañado de luz pura, se desarrolla el
gracioso niño hasta lograr el vigor de padre. Nos admiramos
de ello; mas siempre queda en pie la cuestión de si son dioses
o si son hombres. Tal semejanza tenía Apolo con los
pastores tocante a la disposición del cuerpo, que uno de los
más hermosos entre ellos se le parecía; pues allí donde la
Naturaleza reina en su pura esfera, se enlazan todos los
mundos. (Sentándose al lado de Helena.) Tanto para ti como para
mí, el éxito ha sido lisonjero. Finido quede lo pasado detrás
de nosotros. ¡Oh! Siéntete nacida del dios supremo; sólo
perteneces al primer mundo. No debe ceñirte un fuerte
castillo. En las cercanías de Esparta, extiéndese aún para
nosotros, en una perpetua lozanía juvenil, la Arcadia,
ofreciéndonos una mansión llena de delicias. - Llamada a
vivir en un suelo venturoso, te refugiaste en el más risueño
destino. Los tronos se cambian en enramadas de follaje; a la
manera de Arcadia, libre sea nuestra dicha.



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