JOHAN WOLFGANG GOETHE




FAUSTO
Grandes y espléndidos son los dones ofrecidos a estos
guerreros, a cada uno de los cuales ha tocado un rico
territorio. Que partan, pues. Nosotros nos mantenemos en el
centro. Defiéndante ellos a porfía, tú, casi isla que baten las
olas por todas partes, unida por una leve cor-dillera de
colinas a la última ramificación de las montañas de Europa.
Que este país, el primero de todos los países que ilumina el
sol, sea por siempre feliz y próspero para toda raza, ahora
que, atraído a mi Reina, en hora temprana elevó a ella la
mirada cuando, al murmurio de los juncales del Eurotas,
salió radiante de la cáscara oscureciendo la lumbre de los
ojos a su augusta madre y sus hermanos. Este país, vuelto
sólo hacia ti, ofrece su más excelso florecimiento; al orbe
terrestre que a ti pertenece, ¡oh! prefiere tu patria. Y aunque
en el dorso de sus montes la cima dentellada sufre aún los
fríos dardos del sol, la peña se muestra verdeante, y la golosa
cabra recibe allí una reducida parte del sustento. Mana la
fuente; juntando sus aguas, despéñanse los arroyos, y rever-
decen ya barrancos, cuestas y prados. Por la llanura
interpolada de cien colinas, ves pasar dispersos lanosos
rebaños. Esparcidas, graves, avanzan con mesurado paso,
subiendo hacia el borde abrupto, las cornudas reses bovinas,
hay, empero, un abrigo dispuesto para todos, pues,
formando cien grutas, está excavado el muro de rocas. Allí,
Pan los protege, y las vivificadoras ninfas habitan en el
húmedo y fresco recinto de frondosas hendeduras, y

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