JOHAN WOLFGANG GOETHE


hombre honrado, que de buena fe, pero a su manera, se
metió a discurrir con afán quimérico sobre la Naturaleza y
sus sagrados círculos. Acompañado de algunos adeptos,
encerrábase en la negra cocina y allí con arreglo a recetas sin
fin, operaba la transfusión de los contrarios. Un León rojo,
audaz pretendiente, era allí casado con la Azucena en el baño
tibio, y después, con flameante fue-go descubierto, ambos
eran torturados de una a otra cámara nupcial. Tras esto,
aparecía en el vaso la joven Reina con variados colores, y
quedaba hecho el remedio. Morían los enfermos, sin que
nadie se cuidara de inquirir quién sanaba. Así es que con
nuestros electuarios infernales, causamos en estos valles y
montes más estragos que la peste misma. Con mis propias
manos administré el tósigo a millares de pacientes;
sucumbían los infelices, y yo debo vivir aún para escuchar los
elogios que se tributan a los temerarios asesinos.

WAGNER
Pero ¿es posible que os desazonéis por ello? ¿No hace
acaso bastante el hombre honrado que con toda conciencia y
puntualidad ejerce el arte que se le transmitió? Si de joven
honras a tu padre, aprenderás de él con gusto; si una vez
hombre, acrecientas el caudal del saber, tu hijo puede
alcanzar una meta más elevada.

FAUSTO
¡Ah! ¡Feliz aquel que abriga aún la esperanza de
sobrenadar en este piélago de errores! Aquello que no se sabe

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