JOHAN WOLFGANG GOETHE


desatinada. Un mensaje infausto afea al más bello mensajero,
y tú, el ser más disforme, te com-places en traer sólo un
mensaje siniestro. Mas esta vez no lograrás tu designio; con
hueco aliento conmueves los aires. Aquí no hay peligro
alguno, y el peligro mismo no parecería sino vana amenaza.
(Señales, explosiones procedentes de las torres, toques de clarines y
cornetas, música guerrera, desfile de una poderosa fuerza militar).

FAUSTO
No. Ahora mismo verás reunida la compacta falange de
héroes, Sólo merece el favor de las mujeres aquel que sabe
protegerlas con denuedo. (A los caudillos del ejército, que salen de
entre filas y se adelantan.) Con ese furor silencioso y reprimido
que os asegura la victoria, avanzad vosotros, floreciente
juventud del Norte, vosotros, florido vigor del Oriente.
Cubiertos de acero, rodeados de luminosos destellos, huestes
aguerridas que deshizo imperio tras imperio, preséntanse a la
vista, tiembla a su paso la tierra y avanzan remedando el
fragor del trueno. Desembarcamos en Pilos; el anciano
Néstor no existe ya, y el indómito ejército rompe las
pequeñas alianzas de reyes. Sin dilación rechazad ahora de
estos muros a Menelao hacia el mar, Allí puede errar a la
ventura, pillar, estar al acecho, que era en él incli-nación y
destino. Debo proclamaros caudillos; la Reina de Esparta lo
ordena. Poned ahora a sus pies montes y valles, y vuestra sea
la conquista del reino. Tú, Germano, defiende con vallados y
baluartes las bahías de Corinto; la Acaya de cien desfiladeros,
Godo, la confío luego a tu tesón. Hacia la Élida diríjanse las

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