JOHAN WOLFGANG GOETHE


De este bien supremo, logro y garantía,
¿quién de ello responde?

HELENA
Mi mano lo fía.

EL CORO

¿Quién culparía a nuestra soberana por dar al señor del
castillo tales muestras de amistad? Porque, confesadlo, todas
nosotras somos realmente cautivas, como tantas veces lo
fuimos desde la ignominiosa caída de Ilión y el laberíntico
viaje lleno de sobresaltos y dolores. Las mujeres habituadas al
amor de los hombres, aunque inteligentes, no son muy
delicadas en la elección; y tanto a los zagales de dorados rizos
como tal vez a los faunos de hirsuta cabellera, según la
ocasión se ofrece, conceden ellas un derecho completo e
igual sobre sus túrgidos miembros. Cada vez más cerca, están
ya sentados, apoyándose el uno en el otro, hombro contra
hombro, rodilla contra rodilla; mano a mano se mecen sobre
los espléndidos cojines del trono. La majestad no rehuye la
presuntuosa exhibición de secretos goces ante los ojos del
pueblo.

HELENA
¡Siéntome tan lejos, y sin embargo, tan cerca! Y no digo
sino asaz gustosa: ¡Heme aquí, aquí!



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