JOHAN WOLFGANG GOETHE


suelo muelle, y su mirada, que sólo a los dioses no
deslumbra, resplandezca con la mayor brillantez.
LINCEO
Fácil cosa es lo que ordena el señor. El siervo lo hace
como un juego: sobre los bienes y sobre la vida, reina
siempre la arrogancia de esa beldad. Sumiso está ya todo el
ejército; embotados e impotentes es-tán todos los aceros;
ante esa forma excelsa, el sol mismo está pálido y frío; ante la
riqueza de su semblante, todo es vano, todo es nada. (Vase).

HELENA
(A Fausto). Deseo hablarte, pero sube junto a mi. Este
sitio desocupado espera a su dueño y me asegura el mío.

FAUSTO
Ante todo, mujer sublime, dígnate aceptar gustosa el fiel
home-naje que de hinojos te rindo. Permite que yo bese la
mano que a tu lado me encumbra. Afírmame como
corregente de tu imperio que no conoce límites; adquiere
para ti adorador, custodio, esclavo, todo en uno solo.

HELENA
Veo y escucho multiplicadas maravillas; el asombro se
apodera de mí. Quisiera hacer no pocas preguntas. Mas yo
desearía saber por qué el lenguaje de aquel hombre me
sonaba de un modo singular, singular y halagüeño. Un
sonido parecía armonizarse con el otro, y cuando una palabra
se ha pegado al oído, viene otra a acariciar la primera.

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