FAUSTO


Tembleque ahora entre oreja y boca la ovalada gota salida
del fondo del mar; los rubíes muy azorados están: el rubor de
tus mejillas los vuelve pálidos.
Y de esta suerte, aquí está tu sitial, traigo el mayor de
todos los tesoros; que a tus pies sea aportada la cosecha de
más de una san-grienta lid.
Por numerosas que sean las arquillas que yo arrastre aquí,
qué-danme aún más arquillas de hierro; súfreme en tu
camino, y yo henchi-ré tus cuevas de tesoros.
Pues apenas subiste las gradas del trono, se postran, se
humillan, ya la inteligencia y la riqueza y el poder ante la
forma sin igual.
Todo esto lo guardaba yo para mí; mas ahora, suelto,
viene a ser tuyo. Lo juzgaba estimable, precioso y de un valor
real, y al presente veo que era cosa baladí.
Ha desaparecido lo que yo poseía, hierba segada y mustia.
¡Oh! ¡devuélvele con una mirada risueña todo su valor!

FAUSTO
Aparta presto, sin vituperio, por cierto, pero sin
recompensa, el pesado botín audazmente adquirido. Suyo es
ya todo cuanto encierra en su seno el castillo; ofrecer a ella
alguna cosa aparte, es inútil. Ve a juntar de una manera
ordenada tesoros sobre tesoros. Dispón un espectáculo
soberbio de una magnificencia nunca vista. Haz que brillen
las bóvedas como un cielo puro, forma paraísos de vida
inanimada. Adelántate rápido a sus pasos y desenrolla una
tras otra las floridas alfombras. Que su planta encuentre un

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