JOHAN WOLFGANG GOETHE


(Con una arquilla y seguido de algunos hombres que llevan otras).
Heme aquí de vuelta ¡oh Reina! El rico mendiga una mirada.
Te ve, y al punto siéntese pobre como un mendigo y rico
como un príncipe.
¿Qué era yo antes? ¿Qué soy ahora? ¿Qué hay que
querer? ¿Qué hay que hacer? ¿De qué sirve el más penetrante
rayo de los ojos? Repercute al dar contra tu solio.
Del Oriente llegamos, y sucumbió el Occidente; era una
larga y extensa avalancha de pueblos; el primero de ellos nada
sabía del úl-timo.
Cayó el primero; el segundo permanecía en pie, la lanza
del ter-cero estaba ya en ristre; cada uno estaba reforzado por
otros ciento; mil morían ignorados.
Continuábamos empujando, seguíamos embistiendo;
quedábamos dueños de un sitio a otro, y allí donde yo como
señor mandaba hoy, otro pillaba y saqueaba mañana.
Nosotros observábamos, rápida era la observación, éste
asía la más bella mujer; aquél se apoderaba del toro de más
firme paso; los caballos debían todos venir con nosotros.
Pero yo prefería descubrir lo más raro que se hubiese
visto, y cualquier cosa que otro poseyese era para mí hierba
marchita.
Iba yo siguiendo la pista de tesoros y obedecía sólo a mis
penetrantes miradas; echaba una ojeada en todos los
bolsillos; toda arca era transparente para mí.
Y me apropié de montones de oro y las más ricas piedras
precio-sas. La esmeralda, empero, es lo único que merece
verdear sobre tu corazón.

444

443