FAUSTO


HELENA
Castigar no puedo el mal que yo causé. ¡Ay de mí! ¿Qué
hado fatal me persigue para seducir así en todas partes el co-
razón de los hombres, hasta el punto de no respetarse ellos
mismos ni respetar cosa alguna digna? Por medio del rapto,
de la seducción, de la lucha, llevándome de un sitio a otro,
semidioses, héroes, dioses y aun demonios hanme arrastrado
aquí y allí por extraviadas sendas. Única, turbé el mundo;
doble, aun más; y ahora, triple, cuádruple, causo desastre
sobre desastre. Aleja a ese buen hombre, déjalo en libertad.
Que ningún desdoro alcance a quien deslumbraron los
dioses.

FAUSTO
Con asombro ¡oh Reina! veo a un tiempo a la que hiere
con acierto, y aquí al que fué herido. Veo el arco que disparó
la saeta e hirió a ese hombre. Las flechas suceden a las flechas
alcanzándome a mí. De todas partes las presiento,
emplumadas, silbando de un lado a otro por el castillo y el
espacio. ¿Qué soy ahora? De golpe tornas rebeldes mis más
leales servidores e inseguras mis murallas. Y así, temo ya que
mi ejército obedezca a la mujer victoriosa jamás vencida.
¿Qué me resta hacer sino entregarme a ti yo mismo y todo
cuanto creía ser mío? Deja que a tus plantas, libre y fiel, yo te
reconozca por soberana, tú que, con sólo presentarte,
adquiriste posesión y trono.

LINCEO

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