JOHAN WOLFGANG GOETHE


Por muy alta que sea la dignidad que me confieras, como
juez, como soberana, y aunque sólo fuera para probarme,
según debo presumir, cumplo ahora el primero de los
deberes de un juez: oír al acusado. Habla, pues.

LINCEO, vigía de la torre
Deja que caiga de hinojos, déjame contemplar, déjame
morir, déjame vivir; pues entregado estoy ya a esta mujer por
un dios engendrada.
Esperaba yo las delicias de la mañana, y acechando su
curso por la parte de Oriente, vi de súbito salir el sol de un
modo prodigioso al Sur.
Dirigí la mirada hacia aquel sitio para, en vez de
hondonadas, en vez de alturas, en lugar de la extensión de la
tierra y del cielo, observarla a ella, la sin igual.
Un rayo de vista se me concedió como al lince subido al
árbol más elevado; pero esta vez debí hacer un esfuerzo,
como al salir de un sueño profundo y sombrío.
¿Sabía yo dónde me hallaba? ¿Dó estaban las almenas y la
torre y la cerrada puerta? La niebla oscila, se desvanece; la
diosa avanza.
Con la vista y el corazón hacia ella dirigidos, aspiraba yo
el dulce fulgor; esta deslumbradora beldad me deslumbró del
todo a mí, infeliz.
Olvidé los deberes de atalaya, olvidé por completo la
bocina sobre la cual prestara juramento. Amenaza con
aniquilarme; la Belleza aplaca todo enojo.



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