FAUSTO


preferible a muchos otros a quienes, sin embargo, vi con mis
ojos gozar de alto aprecio. Con su paso lento, grave,
mesurado, digno, en él reconozco al Príncipe. Vuelve allí tus
miradas, ¡oh Reina!

FAUSTO
(Acércase teniendo junto a él un hombre encadenado). En vez del
más solemne saludo, como sería del caso, en vez de una
respetuosa bienvenida, te presento, cargado de fuertes
cadenas, este servidor que, olvidando sus deberes, hizo que
faltara yo a los míos... Arrodíllate aquí y haz a esta nobilísima
mujer la confesión de tu culpa. Este es, augusta soberana, el
hombre encargado de observar desde lo alto de la torre, con
una singular penetración de mirada, todo el contorno, para
abarcar con vista perspicaz el espacio celeste y la extensión de
la tierra, lo que acá y acullá podría acaso anunciarse, todo
cuanto desde el círculo de las colinas en el valle pudiera
moverse hacia el castillo, ya sea la oleada de los rebaños, ya
sea quizás el paso de un ejército; a aquellos los protegemos, a
éste le salimos al encuentro. Pero hoy, ¡qué incuria! Llegas tú,
y deja él de anunciarlo. Se ha malogrado la recepción más
honrosa, la más debida a un huésped tan ilustre. De
temerario modo ha perdido el derecho a la vida, y al presente
yacería bañado en la sangre de una muerte merecida. Mas tú
sola puedes castigar y conceder perdón como bien te plazca.

HELENA



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