FAUSTO


que la magnánima Reina tenga a bien acordar para ella y para
nosotras.

HELENA
¿Dónde estás, pitonisa? Cualquiera que sea tu nombre, sal
de esas bóvedas del lóbrego castillo. Si acaso fuiste a
anunciarme al prodigioso y heroico señor para que me
dispusiera una buena acogida, recibe por ello las gracias, y
condúceme luego a su presencia. Deseo que termine mi
errante carrera; no anhelo sino el reposo.

LA CORIFEA
En vano, Reina, miras a todos lados en derredor tuyo. Ha
desaparecido la maldita estantigua; tal vez quedó allí en la
niebla, del seno de la cual hemos venido aquí, no sé como,
de una madera veloz y sin dar un paso. O quizás, dentro del
laberinto del castillo, conjunto de partes que de maravillosa
manera forman un todo único, vaga ella al azar en busca del
señor para que te rinda un homenaje digno de príncipes. Mas
ved, allá arriba bulle ya en gran número por doquiera, en las
galerías, en las ventanas, en los portales, moviéndose
diligente por aquí y por allí, una crecida servidumbre. Esto
anuncia una honrosa recepción de huéspedes bien venidos.

EL CORO
Se me dilata el corazón. ¡Oh! Ved cuán comedida, con
paso lento, la más graciosa muchedumbre de donceles
desciende gallarda en ordenada comitiva. ¡Cómo! ¿A las

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