JOHAN WOLFGANG GOETHE


de cuello largo, airoso, blanco, y ¡ay! a nuestra Soberana,
engendrada de cisne. ¡Ay de nosotras! ¡Ay! Todo se ha
cubierto ya de niebla en derredor. No nos vemos siquiera
unas a otras. ¿Que acontece? ¿Marchamos? ¿Nos soste-
nemos en el aire andando con breve paso sin tocar el suelo?
¿Nada ves? ¿No anda acaso el mismo Hermes por el aire de-
lante de nosotras? ¿No reluce su varita de oro imperiosa
ordenándonos entrar de nuevo en el tétrico y tenebroso
Hades lleno de formas impalpables, atestado y siempre vacío?
Sí; de golpe todo se vuelve lóbrego; sin resplandor alguno
desaparece la niebla gris oscura, de un tinte pardusco de
muralla. Preséntanse a la vista unos muros inmóviles frente a
la mirada libre. ¿Es eso un patio? ¿Es un foso profundo?
Horrible es en todo caso. ¡Ay! Hermanas, cautivas somos;
nunca como ahora fuimos tan cautivas.

PATIO INTERIOR DE UN CASTILLO, rodeado de ricas
y fantásticas construcciones de estilo medioeval.

LA CORIFEA
¡Atolondradas y locas, en realidad verdaderas mujeres!
Esclavas del momento, juguete del tiempo, de la fortuna
próspera y de la adversa, a ninguna de las dos sabéis nunca
afrontar con ánimo igual. Una de vosotras contradice sin
cesar vivamente a la otra, y las demás le llevan la contra a ella.
Sólo en la alegría y en el dolor es cuando reís y gimoteáis en
un mismo tono. Ahora calláos, y con atento oído escuchad lo



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