FAUSTO


(Pausa).

HELENA
He discurrido lo primero que puedo arriesgar. Eres un
genio hos-til, bien lo advierto, y temo que vuelvas el bien en
mal. Mas, ante todo, quiero seguirte a la fortaleza; lo restante
ya lo sé. Lo que la Reina pretende además ocultar
secretamente en el fondo del pecho, sea impenetrable a
todos. Anciana, marcha delante.

EL CORO
¡Oh, cuán de grado vamos allá con pie presuroso, tras
nosotras la muerte, y delante, otra vez el muro inaccesible de
una encumbrada fortaleza! ¡Protéjanos ella tan bien como la
ciudadela de Ilión, que sólo sucumbió al fin gracias a un
infame ardid!
(Levántanse unas nieblas que se extienden velando el fondo y
también el proscenio, a voluntad.)
¡Cómo! ¿Pero cómo? Mirad, hermanas, en torno vuestro.
¿No estaba el día claro? De la corriente sagrada del Eurotas
elévanse nieblas que osculantes forman estrías. La deliciosa
orilla, coronada de juncos, ha desaparecido ya de nuestra
vista. Tampoco ¡ay! veo ya los cisnes, que de un modo suave
deslizábanse libres, graciosamente ufanos, en el placer de
nadar en compañía. Empero oigo aún a lo lejos su voz, un
ronco sonido que, según dicen, presagia la muerte. ¡Ah! Con
tal que, en lugar de la dicha de salvación prometida, no nos
anuncie al fin también la ruina a nosotras, semejantes a cisnes

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