JOHAN WOLFGANG GOETHE


consuelo, muy suavemente lisonjeras, que como el Leteo
deparen el olvido, remueves tú de todo lo pasado lo peor
con preferencia a lo bueno, y oscureces a la par el brillo de lo
presente, así como la suave y centelleante luz de esperanza de
lo porvenir. ¡Silencio! ¡Silencio! para que el alma de la Reina,
presta ya a escaparse, quede aún aquí detenida y mantenga se-
gura la forma sin igual entre todas las formas que jamás el sol
iluminó.
(HELENA ha vuelto en sí, y de nuevo se mantiene en medio del
coro.)

FÓRCIDA
Sal de entre las nubes fugitivas, espléndido sol de este día,
que, aun velado, ya nos embelesaba, y ahora reina con brillo
deslumbrador. Tú misma contemplar con dulce mirada cómo
se despliega el mundo ante ti. Por más que ésas me tachen de
fea, no dejo de conocer bien lo bello.
HELENA
Vacilante salvo del vacío que me rodea durante el vértigo,
y con gusto me abandonaría yo de nuevo al reposo: tan
fatigados están mis miembros. Con todo, importa a las reinas
e importa a los hombres todos dominarse y cobrar alientos,
cualquiera que sea el peligro que amenazador les sorprenda.

FÓRCIDA
Ahora te muestras ante nosotras en toda tu grandeza y
beldad; tu mirada dice que mandas. ¿Qué ordenas? Dilo.



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