JOHAN WOLFGANG GOETHE


La tuya cerraré si digo quién eres.

FÓRCIDA
Nómbrate primero, y queda resuelto el enigma.

HELENA
No airada, pero sí afligida, avanzo entre vosotras para
prohibir la violencia de tal querella. Pues nada hay más
pernicioso para el señor y soberano que la solapada discordia
que, a semejanza de una llaga que supura por dentro, se
oculta entre los fieles servidores. El eco de sus mandatos ya
no retorna entonces a él de un modo armonioso en forma de
acto presto llevado a cabo. No, rugiente y voluntarioso, da
bramidos en torno de él, que, desorientado, intenta en vano
reprender. Y no es sólo eso: en vuestra desenfrenada cólera,
evocásteis aquí terrorífica imágenes de siniestras visiones, que
me acosan por todas partes de un modo tal, que yo misma
me siento arrastrada hacia el Orco, a despecho del país patrio.
¿Es esto un recuerdo? ¿Era por ventura una ilusión que se
apoderé de mí? ¿He sido yo todo esto? ¿Lo soy? ¿Lo seré en
lo venidero, el fantasma del sueño y espanto de esta
destructora de ciudades? Temblorosas están estas jóvenes;
pero tú, la más anciana, permaneces impasible. Dime una
palabra sensata.

FÓRCIDA
A aquel que recuerda largos años de dicha variada, el más
alto favor de los dioses acaba por parecerle un sueño. Mas tú,

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