JOHAN WOLFGANG GOETHE


oye la maldición, oye todas las invectivas, todas las amenazas
proferidas por la execratoria boca de las bienaventuradas que
formaron los dioses.

FÓRCIDA
Antiguo es el dicho, pero el sentido permanece elevado y
verda-dero, de que la Honestidad y la Belleza no siguen
jamás su vía juntas, mano a mano, por el verde sendero de la
tierra. Hondamente arraigado, un antiguo rencor habita entre
las dos, de suerte que, en cualquier punto del camino donde
se encuentren, cada una vuelve la espalda a su adversaria, y
luego cada cual se apresura más vivamente a seguir de nuevo
su ruta, la Honestidad cabizbaja, y la Belleza con aire
arrogante, hasta que al fin la envuelve la noche profunda del
Orco, si antes no la domeñó la vejez. Os encuentro ahora,
procaces como sois, descargadas aquí del extranjero, llenas de
insolencia, parecidas a la ronca y alborotadora bandada de
grullas, que formando larga nube por encima de nuestra
cabeza, envía hacia abajo graznadora sus chirridos, que
invitan al pacífico viandante a mirar hacia lo alto; pero ellas
siguen su camino, y él va el suyo. Otro tanto nos acontecerá a
nosotras. ¿Quiénes sois, pues, para que os atreváis, frenéticas
cual Ménades semejantes a mujeres ebrias, mover esa
algarabía junto al gran palacio del Rey? ¿Quiénes sois, pues,
para recibir ladrando al ama de gobierno de la casa como
ladra a la luna la cuadrilla de perros? ¿Pensáis que se me
oculta de qué casta sois? ¡Tú, joven ralea engendrada durante
la guerra, criada en medio del combate! ¡Tú, ansiosa de

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