FAUSTO


los estragos de la guerra, la noche en que cayó Ilión. A través
de las nubes de polvo que levantaba el tumulto de los
combatientes en su acometida, escuché el formidable clamor
de los dioses; oí la broncínea voz de la Discordia resonar por
los campos hacia las murallas. ¡Ay! En pie estaban aún los
muros de Troya; mas el ardor de las llamas iba avanzando
por momentos, extendiéndose de un lado a otro por el soplo
de la propia tormenta, sobre la ciudad sumida en las sombras
de la noche. Al huir, por entre el humo, el incendio y las
llamas, que semejaban lenguas de fuego, vi acercarse los
dioses terriblemente airados, prodigiosas formas gigantescas
que discurrían a través de la oscura y densa humareda,
rodeada de la claridad del incendio. ¿Lo he visto, o es que mi
espíritu, oprimido de angustia, ha forjado tal embrollo?
Nunca sabré decirlo; pero que yo veo aquí con mis propios
ojos esa figura horrible, si, lo sé de cierto. Podría hasta
cogerla con las manos si no me contuviera el temor del
peligro. ¿Cuál de las hijas de Forcis eres tú? Pues yo te igualo
a esa raza. ¿Eres acaso una de las Creas, canosas de
nacimiento, partícipes por turno de un ojo único y de un
solo diente? ¿Osas tú, monstruo abominable, exhibirte al
lado de la Belleza, ante la experta mirada de Febo? Avanza,
empero, sin detenerte, pues él no ve la fealdad, de igual
manera que su ojo sagrado jamás percibió la sombra. Mas
nosotras, mortales, una triste fatalidad ¡ay! nos condena por
desgracia al indecible tormento de los ojos que lo repulsivo,
lo siempre funesto, despierta en los amantes de lo bello. Sí,
escucha, pues: si nos replicas con lengua procaz e insolente,

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