JOHAN WOLFGANG GOETHE


que de ordinario saludaban con agrado a toda persona
extraña. Mas, cuando me acerqué al hogar, vi entonces
sentada en el suelo, junto a las tibias cenizas, residuos de un
fuego extinguido, una mujer alta, cubierta con un velo y que
no parecía dormida, sino más bien meditabunda. Con
palabra imperativa la llamo al trabajo, tomándola por la
mujer de gobierno que tal vez en el interín la previsión de mi
esposo colocara allí antes de partir; pero ella permanece
inmóvil y acurrucada en su asiento. Al fin, sólo después de
mis amenazas, mueve el brazo derecho, como para echarme
fuera del hogar y de la estancia. Llena de enojo, apártome de
ella y corro al punto hacia la gradería sobre la cual se eleva
adornado el tálamo cerca de la sala de los tesoros. Mas aquel
prodigio se levanta bruscamente del suelo y, cerrándome el
paso con imperiosa actitud, se muestra en toda su elevada
estatura, cenceña, con la mirada cavernosa, sangrienta,
sombría; extraña figura que turba el ojo y el espíritu. Pero
estoy hablando al aire, pues en vano se esfuerza la creadora
palabra en construir formas. Vedla ahí a ella misma. ¡Y aún
osa presentarse en plena luz! Aquí mandamos nosotras hasta
la llegada del Rey y señor. Los horribles engendros de la
Noche, Febo amante de lo Bello, los rechaza a las cavernas, o
bien los domeña.
(Aparece FÓRCIDA en el umbral, entre las jambas de la puerta.)

EL CORO
Muchas cosas presencié, aunque juveniles rizos ondean
en derredor de mis sienes. He visto gran número de horrores:

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