JOHAN WOLFGANG GOETHE


Pólux. Os saludo, batientes de la puerta de bronce. Por
vuestra amplia abertura, que invita hospitalaria, un día
Menelao, elegido entre un gran número, vino radiante a mi
encuentro en calidad de novio. Abridmelas de nuevo, para
que cumpla con fidelidad una orden apremiante del Rey, cual
conviene a la esposa. Dejad que entre y que en pos de mí
quede todo cuanto de aciago se desencadenó hasta ahora en
torno mío. Pues desde que yo, libre de cuidados, abandoné
este sitio para visitar el templo de Citerea, en cumplimiento
de un deber sagrado, y desde que allí un raptor, el frigio, me
robó, muchas cosas han acae-cido, que los hombres con
tanto gusto relatan por doquier, pero que no las oye con
agrado aquel cuya historia, a fuerza de exageraciones, se ha
tramado hasta convertirse en fábula.

EL CORO
No desdeñes, ¡oh ínclita mujer!, la gloriosa posesión del
bien supremo; pues sólo a ti es concedida la mayor dicha: la
fama de la belleza, que descuella sobre todas las demás. El
héroe va precedido de la resonancia de su nombre, y así anda
con la frente altiva; pero el hombre más indómito dobla al
punto su voluntad ante la belleza, que todo lo subyuga.

HELENA
¡Basta! Acompañada de mi esposo, hice vela hacia aquí, y
ahora me envía delante de él a su ciudad; mas no adivino qué
pensamiento puede alimentar. ¿Vengo como esposa? ¿Vengo
como Reina? ¿Vengo acaso como víctima expiatoria del

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