FAUSTO




EN LA CAMPIÑA

FAUSTO y WAGNER

FAUSTO
Libres de hielo están ya el río y los arroyos, merced a la
dulce y vivificante mirada de la primavera. Verdea en el valle
la dicha de la esperanza; el caduco invierno, en su debilidad,
se ha retirado a los ás-peros montes, y desde allí, en su fuga,
no nos envía más que escarchas e impotentes granizos, que
forman estrías sobre la verdeante campiña. Mas el sol no
sufre blancor alguno; por doquiera se hacen sentir la
formación y el esfuerzo; todo quiere animarlo con brillantes
matices. Pero, a falta de flores en el campo, acepta al gentío
engalanado con sus trajes de fiesta.
Vuélvete, Wagner, y desde estas alturas mira hacia atrás en
direc-ción de la ciudad. Por la honda y sombría puerta sale
una compacta muchedumbre abigarrada. Hoy van todos muy
contentos a tomar el sol. Celebran la Resurrección del Señor,
puesto que ellos, a su vez, han resucitado también, y de las
ahogadas estancias de las bajas viviendas, de las trabas de

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