JOHAN WOLFGANG GOETHE


¡Qué! ¡Un consejo! ¿Ha tenido jamás un consejo valor
alguno entre los hombres? Una palabra sensata se embota en
el oído duro. Por más que la mayoría de las veces los hechos
se condenen de un modo despiadado a sí mismos, la gente
sigue por eso tan reacia como antes. ¡Qué de paternales
consejos no di a Paris antes de que hiciera caer en las redes
de su pasión una mujer extranjera! En la playa griega estaba él
a la sazón lleno de audacia; le anuncié lo que yo veía en
espíritu: el aire cargado de espesa humareda, un color
encendido que se iba extendiendo; las viguerías abrasadas;
abajo, la matanza y la muerte: día de la sentencia de Troya,
fijado en rimas y tan horrendo como famoso durante millares
de años. La palabra del viejo pareció cosa de burla al
petulante mozo; obedeció él a los impulsos de su deseo, y
cayó Troya... cadáver gigantesco, yerto después de prolonga-
do suplicio; festín muy bien recibido por las águilas del Pin-
do. Y a Ulises, ¿no le predije también los artificios de Circe,
la espantosa ferocidad de Cíclope, su propia irresolución, el
espíritu liviano de los suyos, y qué sé yo cuantas cosas más?
¿Sacó algún beneficio de esto? Ninguno, hasta que, bien
zarandeado, las ondas favorables le llevaron, aunque harto
tarde, a una playa hospitalaria.

THALES
Para el hombre sabio, semejante proceder es un tormento;
con to-do, el bondadoso prueba aún otra vez. Una dracma
de agradecimiento pesará más, para llenarle de gozo, que cien
veces otro tanto de ingratitud. Porque no es cosa de poca

392

391