JOHAN WOLFGANG GOETHE


de tres nombres, de trina forma, yo te invoco en la
desventura de mi pueblo, Diana, Luna, Hécate! ¡Tú que
dilatas el pecho, absorta en las más profundas meditaciones,
tranquila en apariencia, violenta en secreto, abre el espantoso
abismo de tus sombras, y que, sin ayuda de prestigio alguno,
se muestre tu antiguo poder! (Pausa).
¿Tan presto ha llegado mi voz a ti? ¿Ha podido mi
súplica, remontada a esas alturas, trastornar el orden de la
Naturaleza? Y más grande, siempre más grande, acércase ya el
trono de la diosa circularmente trazado, colosal, formidable a
la vista. Su fuego adquiere un tinte rojo sombrío... No te
acerques más, círculo poderoso, amenazador; tú nos
conduces a la destrucción, a nosotros, a la tierra y al mar.
¿Sería, pues, cierto que algunas mujeres de Tesalia, en una
impía confianza mágica, te habrían hecho bajar de tu vía con
sus cantos, y te habrían arrancado tu influjo más dañino? El
luminoso disco háse oscurecido; de pronto estalla y fulgura y
centellea. ¡Qué crepitación! ¡Qué silbidos mezclados con el
fragor del trueno y de la tormenta...! Humildemente me
postro ante las gradas del trono... ¡Perdón! Yo lo he llamado.
(Se arroja de cara contra el suelo.)

THALES
¡Qué de cosas no ha visto y oído ese hombre! Yo no sé a
punto fijo lo que nos ha pasado. Tampoco he sentido sus
impresiones. Confesemos que esos son momentos de locura,
y que la luna se mece muy tranquila en su sitio, lo mismo que
antes.

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