FAUSTO


detrás de mi se alza una montaña, que, a decir verdad, apenas
merece el nombre de montaña, pero que ya es bastante alta
para separarme de mis Esfinges. Aquí se agita más de un
fuego bajando por el valle, y llamea en derredor del
prodigio... Aún danza y revolotea el galante coro, que me
atrae y retrocede ante mí, chanceándose de una manera
picaresca. Pero vámonos con tiento, y adelante. Quien está
muy acostumbrado a las golosinas, busca, dondequiera que
sea, algo que atrapar.

LAS LAMIAS
(Atrayendo a Mefistófeles tras ellas). ¡Aprisa! ¡Más aprisa! ¡Y
siempre más lejos! Y después nos detenemos de nuevo
charlando como un descosido. ¡Es una cosa tan divertida
arrastrar en pos de nosotras al viejo pecador! Por dura
penitencia, con el pie envarado, viene cojeando; se acerca
dando traspiés y arrastrando la pierna detrás de nosotras, en
tanto que huímos de él.

MEFISTÓFELES
(Deteniéndose). ¡Suerte maldita! ¡Cómo se nos engaña a los
hombres! ¡Badulaques seducidos desde Adán! Uno se vuelve
viejo, sin duda, pero ¿quién se vuelve juicioso? ¿No tenías tú
ya bastante perdida la cabeza? Sabido es que esa ralea no vale
nada enteramente, ceñidas de cuerpo, lleno de afeites el
rostro, nada sano tienen ellas para dar en cambio; por
dondequiera que se las coja, se las encuentra podridas en
todos los miembros. Uno lo sabe, uno lo ve, uno puede

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