JOHAN WOLFGANG GOETHE


de sagrado rocío. Allí, una vida animada y libre; aquí, un
angustioso temblor de tierra. Apresúrense a huir todos los
que son prudentes. En este sitio reinan el espanto y el horror.

SEISMOS
(Gruñendo y causando estrépito en las profundidades). Una vez
más empujemos con fuerza, levantemos esforzadamente con
los hombros. Así llegamos a lo alto, donde todo ha de ceder
ante nosotros.

LAS ESFINGES
¡Qué enojoso estremecimiento! ¡qué hórrida y aborrecible
tor-menta! ¡qué oscilación, qué temblor, qué bamboleo y qué
esfuerzos de vaivén! ¡qué insoportable fastidio! A pesar de
todo, no cambiaremos de sitio, aunque se desatara todo el
infierno. Elévase, ahora una bóveda maravillosa. Es él
mismo, aquel viejo encanecido mucho tiempo ha, que erigió
la isla de Delos haciéndola surgir del seno de las olas por
amor de una mujer acometida de dolores de parto. Con
esfuerzos, apretones y empujes, rígidos los brazos, doblada la
espalda, semejante a un Atlas en la actitud, levanta suelo,
césped, tierra, guijarros y pedruscos, arena y arcilla, lechos
reposados de nuestra ribera. Así destroza de una parte a otra
una extensión de la tranquila alfombra del valle.
Esforzándose hasta lo sumo, sin fatigarse jamás, cariátide
colosal, y hundido aún en el suelo hasta la cintura, lleva a
cuestas un formidable tablado de piedras. Pero la cosa no irá
más lejos: las esfinges han tomado asiento.

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