JOHAN WOLFGANG GOETHE


obrar para el bien ajeno, fueron la hermosa dote de los
Boréades. Reflexivo, enérgico, prudente, oportuno en el
consejo, así mandaba Jasón, bienquisto de las mujeres. Orfeo,
que tierno y siempre plácidamente discreto, no tenía rival
cuando pulsaba la lira. Linceo, de penetrante vista, que día y
noche guió la nave sagrada por entre escollos y bajíos. Sólo
en común se corre el peligro; si uno de ellos obra, aplauden
todos los demás.

FAUSTO
Y de Hércules, ¿nada quieres decir?

QUIRÓN
¡Ay dolor! No renueves mis pesares... Nunca había visto a
Febo ni tampoco a Arés ni a Hermes, como se les llama,
cuando vi ante mis ojos al que todos los hombres ensalzan
como divino. Era rey por nacimiento; como joven, era
delicioso de ver; estaba sometido a su hermano mayor y
también a las mujeres más seductoras. Gea no engendrará
nunca más un segundo Hércules, ni Hebe le conducirá al
empíreo; en balde se fatiga la poesía; en vano se atormenta la
piedra.

FAUSTO
Por mucho que cincelen los estatuarios y se envanezcan
de él, jamás se ofreció tan admirable a la vista. Hablaste del
hombre más hermoso, habla ahora también de la más bella
mujer.

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