JOHAN WOLFGANG GOETHE


(A Fausto). Lo mejor para ti fuera echarte en el suelo,
restaurar en el frescor tus fatigados miembros y gozar del
reposo que sin cesar huye de ti. Nosotras susurramos,
nosotras musitamos, nosotras murmu-jeamos a tu lado.

FAUSTO
Bien despierto estoy. ¡Oh! Dejad que reinen esas formas
inompa-rables tal como están dispuestas ahí a mi vista.
¡Siéntome penetrado de una impresión tan extraña...! ¿Son
sueños? ¿Son recuerdos? Otra vez te viste así colmado de
felicidad. Deslízanse las aguas a través de la frescura de los
espesos matorrales mansamente movidos; no corren con
fragor; apenas murmuran. De todos lados cien manantiales
vienen a unirse en el límpido y claro seno poco ahondado,
propio para el baño. Sanas y juveniles formas de mujer,
duplicadas por el húmedo espejo, se ofrecen a la deleitada
vista. Báñanse luego juntas con alegría, nadando unas
atrevidas, avanzando otras con pie temeroso, y al fin acaban
con una gritería y lucha en el agua. La vista de ellas debiera
darme contento; mis ojos habrían de recrearse aquí, pero mi
pensa-miento se lanza cada vez más lejos. Mi penetrante
mirada se dirige hacia aquel velo de tupido y verde follaje que
oculta a la excelsa reina. ¡Cosa admirable! Unos cisnes llegan
también a nado desde los remansos moviéndose de una
manera majestuosa realzada por su blancor. Balanceándose
con suavidad, delicadamente sociables, pero ufanos y sa-
tisfechos de sí mismo, ved como mueven la cabeza y el pico...
Uno de ellos, sobre todo, pavoneándose audaz, parece estar

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