FAUSTO




MEFISTÓFELES
(Señalando una puerta lateral). Muestra aquí tu talento.

WAGNER
(Mirando siempre el interior de la redoma). ¡Eres verdadera-
mente un chico encantador!
Ábrese la puerta lateral y se ve a FAUSTO tendido en el lecho

HOMÚNCULO
(Atónito). ¡Estupendo! (La redoma se escapa de las manos de
Wagner, se cierne por encima de Fausto y le ilumina). ¡Qué bello es
cuanto nos rodea...! Aguas cristalinas en el soto umbrío,
mujeres que se desnudan. ¡Qué hechiceras! Eso va siendo
mejor cada vez. Una de ellas, sin embargo, se distingue por
su esplendor; pertenece a la más ilustre raza de héroes y
seguramente a la de los dioses. Pone el pie en el diáfano
líquido; la suave llama vital de su majestuoso cuerpo se
templa en el flexible cristal de la onda... Mas ¿qué rumor de
alas vivamente agitadas, qué murmurio, qué susurro altera así
el pulido espejo? Las jóvenes huyen azoradas. Sola se queda
la Reina mirando tranquila, y ve, con vanidoso placer
femenil, estrecharse contra sus ro-dillas al príncipe de los
cisnes, manso hasta la impertinencia. Parece familiarizarse...
Mas, de pronto, elévase un vapor y cubre con un tupido velo
la más deliciosa de todas las escenas.

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