FAUSTO


(Llegando impetuosamente por el corredor). Abiertas hallo de
par en par las puertas todas. Es, pues, de esperar al fin que
aquel hombre que hasta ahora vivía como un cadáver en
medio de la podredumbre, habrá cesado de languidecer y
consumirse y de morir para la vida misma. Esos muros, esos
tabiques se inclinan amenazando desplomarse, y si no
huimos al punto, nos alcanzará su caída y ruina. Audaz soy
como ningún otro, y con todo, nadie me obligará a dar un
paso más. Pero ¿qué debo aprender hoy? ¿No era aquí
donde, muchos años ha, llegaba yo temeroso y con el
corazón oprimido, como buen estudiante novel, para
entregarme confiado en manos de esos barbones e instruirme
con su cháchara mentirosa? Pertrechados con sus rancios
libracos, encajábanme tantos embustes como cosas sabían,
pues a lo que sabían ni ellos mismos daban fe, robando de
esta suerte su vida y la mía. ¡Cómo...! ¡Allí detrás, en la celda
entreclara, alguien está sentado todavía! Al acercarme, veo
con asombro que está metido aún en la parda pelliza, ni más
ni menos que como le dejé, todavía cubierto con el tosco
abrigo de pieles. Cierto es que entonces parecíame hábil de
veras cuando yo no le comprendía aún. Pero lo que es esta
vez, todo eso no me causará efecto alguno. Abordémosle con
resolución. (a Mefistófeles.) Viejo señor, si por vuestra cabeza
calva y caída de través no pasaron las turbias ondas del Leteo,
ved llegar y reconoced en mi al estudiante emancipado ya de
académicas férulas. Os encuentro aún tal como os veía; en
cuanto a mí, vuelvo hecho otro hombre.



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