FAUSTO


EL FÁMULO
¡Cuánto me alegro de que me conozcáis!

MEFISTÓFELES
Bien lo sé: ¡cargado de años y todavía estudiante, rancio
señor. También el hombre sabio sigue estudiando, porque
no sabe hacer otra cosa. Así uno se edifica un regular castillo
de naipes, que ni aun el más grande ingenio deja acabado del
todo. Pero vuestro amo es un pozo de sabiduría. ¿Quién no
conoce al ilustre doctor Wagner, hoy día el primero en el
mundo sabio? El solo es quien lo sostiene, él que diariamente
enriquece la ciencia. Oyentes y discípulos, ávidos de todo
saber, en tropel acuden a reunirse en derredor suyo. Sólo él
relumbra desde la cátedra; como San Pedro, dispone de las
llaves, y abre lo de abajo lo mismo que lo de arriba. Y por
cuanto brilla y resplandece sobre todos, ninguna reputación,
ninguna gloria se mantiene firme; hasta el nombre de Fausto
queda eclipsado. El es el único que ha inventado.

EL FÁMULO
Perdonad, respetable señor, si os digo... si me atrevo a
replicaros que no se trata de nada de todo eso. La modestia
es la parte que le ha tocado en suerte. No sabe él resignarse a
la misteriosa desaparición del hombre insigne, de cuyo
retorno espera encontrar dicha y consuelo. Como en los días
del doctor Fausto, el aposento, intacto aún desde su partida,
aguarda a su antiguo dueño. Apenas me atrevo a entrar en él.
¿Qué hora sideral debe ser? Los muros parecían temblar de

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