FAUSTO


vez aleccionaba yo al mozalbete y con las cuales, joven ya,
acaso se nutre todavía. Por cierto, que me entran deseos de
cubrir-me contigo, tosca y caliente envoltura, para
pavonearme de nuevo dándome aires de profesor, como
aquel que se figura en todo tener ra-zón. Los sabios son
entendidos en eso de darse tono, pero al diablo se le han
quitado las ganas desde hace mucho tiempo.
(Sacude la pelliza, que ha descolgado, y de ella se escapan cigarras,
escarabajos y polillas.)

CORO DE INSECTOS
¡Bien venido! ¡Bien venido, viejo patrón! Revoloteamos
zumban-do y te conocemos ya. Uno a uno, en silencio nos
sembraste, y a milla-res, padre, venimos danzando. De un
modo tal se oculta el disimulo en el pecho, que más pronta se
descubren los piojitos de la pelliza.

MEFISTÓFELES
¡Qué grata sorpresa me da esta joven creación! No hay
más que sembrar, y con el tiempo se recoge. Otra vez sacudo
el viejo ropón, y todavía sale algún insecto revoloteando acá
y acullá. ¡Arriba! ¡En todos lados! En cien mil rincones
apresuraos, amiguitos míos, a esconderos; allí entre aquellas
viejas arcas, aquí en el pardusco pergamino, en los
polvorientos pedazos de añosas vasijas, en las vacías cuencas
de aque-llas calaveras. En un fárrago tal y en una mohienta
vida como esa, nun-ca deben faltar grillos. (Se envuelve con la
pelliza.) Ven, cúbreme una vez más las espaldas... Ahora soy

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