JOHAN WOLFGANG GOETHE


no se utiliza es una carga pesada; sólo puede ser de provecho
aquello que crea el momento.
Mas, ¿por qué se fija mi vista en aquel sitio? ¿Es aquel
pequeño frasco un imán para mis ojos? ¿Por qué de
improviso todo se vuelve para mi suavemente claro, como
cuando de noche, en medio de la selva tenebrosa, nos baña el
resplandor de la luna?
Yo te saludo, redomita singular, que con recogimiento
bajo ahora de tu sitio. En tí venero el ingenio y el arte del
hombre. Tú, agregado de benéficos jugos soporíferos; tú,
extracto de todas las sutiles fuerzas mortales, da a tu dueño
una muestra de tu favor. Te miro, y el dolor se mitiga; te
tomo en mis manos, y mengua el afán, baja poco a poco la
marea creciente del espíritu. Siéntome arrastrado a la alta mar,
el espejo de las olas brilla a mis pies, hacia ignotas playas me
atrae un nuevo día.
Sostenido por leves alas, un carro de fuego flota en el aire
hacer-cándose a mí. Dispuesto me siento a cruzar el éter por
inusitada vía, lanzándome a nuevas esferas de pura actividad.
Pero ¿eres acaso digno de esa existencia sublime, de esos
deleites divinos, tú, que hace un instante no eras más que un
vil gusano? Sí; vuelve con ánimo resuelto la espalda al bello
sol de la tierra. Decídete con osadía a forzar las puertas ante
las cuales de buen grado pasan todos de largo esquivando el
riesgo. Llegó ya el momento de probar con hechos que la
dignidad del hombre no cede ante la grandeza de los dioses;
hora es ya de no temblar frente a ese antro tenebroso en
donde la fantasía se condena a sus propios tormentos; de

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