FAUSTO


No; no me igualo a los dioses. Harto lo comprendo. Me
asemejo al gusano que escarba el polvo, y mientras busca allí
el sustento de su vida, le aniquila y sepulta el pie del
caminante.
¿No es polvo también todo cuanto llena estos cien
estantes de los altos muros que me oprimen, y ese fárrago,
que con mil fruslerías y bagatelas me ciñe en este mundo de
carcoma y polilla? ¿Y es aquí dónde he de encontrar lo que
me falta? ¿Tengo acaso necesidad de leer en estos mil
libracos que en todas partes se atormentaron los hombres, y
que sólo aquí y allí ha habido uno que fuera dichoso?
Y tú, vacía calavera, ¿por qué me miras riendo con sorna,
cual si me dijeras que tu cerebro, desconcertado en otro
tiempo como el mío, buscó la serena luz del día, y sendiento
de verdad, erró lastimosa-mente en el triste crepúsculo?
Vosotros, instrumentos, sin duda hacéis mofa de mí con
esas ruedas y esos dientes, cilindros y arcos. Yo estaba frente
a la puerta; vosotros debías ser las llaves, y con todo y tener
vuestras guardas bien rizadas, no movéis el pestillo.
Misteriosa en pleno día, la Naturaleza no se deja despojar de
su velo, y lo que ella se niega a revelar a tu espíritu, no se lo
arrancarás a fuerza de palancas y tornillos. Tú, ve-tusto ajuar
que nunca utilicé, ahí te estás sólo porque mi padre se sirvió
de ti. Y tú, vieja polea, ¡cómo te has ennegrecido desde que la
triste lámpara ha humeado sobre este pupitre! Mucho mejor
hubiera obrado yo disipando lo poco que poseo, que estarme
aquí sudando agobiado por el peso de tal escasez. Lo que tú
heredaste de tus padres, adquiérelo para gozar de ello. Lo que

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