FAUSTO


MEFISTÓFELES
Un papel así, en lugar de oro y perlas, ¡es tan cómodo! Al
menos sabe uno lo que tiene. No hay ya necesidad de
regateos ni cambios. A su gusto puede uno embriagarse de
amor y de vino. ¿Se quiere metá-lico? Siempre se encuentra
un cambista, y si falta el metal, entonces se cava la tierra un
momento. Copas y cadenas se venden a subasta, y el papel,
amortizado al instante, deja confuso al incrédulo que con
descaro se ríe de nosotros. Una vez se ha acostumbrado uno
a esto, ya no quiere otra cosa. Así, de hoy más en todos los
dominios imperiales habrá suficiente existencia de alhajas,
oro y papel.

EL EMPERADOR
(A Fausto y Mefistófeles). Por ese gran bien os queda
obligado nuestro Imperio. En lo posible, sea la recompensa
equivalente al servicio. Que se os confíen las entrañas de la
tierra del Imperio, pues sois los más dignos custodios de los
tesoros. Sabéis donde están guardadas estas inmensas
riquezas, y cuando se practiquen excava-ciones, sea por
mandato vuestro. Poneos ahora de acuerdo, vosotros,
señores de nuestro tesoro; desempeñad con celo las elevadas
funciones de vuestro cargo, donde, en feliz maridaje, se unen
el mundo superior y el inferior.

EL TESORERO




293

292