JOHAN WOLFGANG GOETHE


osadamente correr por las venas de la Natura-leza, y, creando,
aspiraba a gozar de la vida de los dioses, ¡cómo debo expiar
mi vana presunción! Una sola palabra, potente como el rayo,
ha bastado para anonadarme.
No puedo pretender igualarme a ti. Si tuve poder para
atraerte, no lo tuve para conservarte junto a mí. En aquellos
felices instantes ¡sentíame a la vez tan pequeño y tan grande!
Me rechazaste despia-dado, sumiéndome de nuevo en la
incierta suerte humana. ¿Quién me instruirá? ¿Qué debo
evitar? ¿Tengo que ceder a aquel impulso? ¡Ay! Nuestras
mismas acciones, lo propio que nuestros sufrimientos, entor-
pecen la marcha de nuestra existencia.
En las más sublimes concepciones del espíritu se ingiere
de continuo materia cada vez más extraña. Cuando llegamos
a lo bueno de este mundo, lo mejor se califica entonces de
engaño e ilusión. Los nobles sentimientos que nos dieron la
vida se .amortiguan en medio del bullicio mundanal.
Si la fantasía, llena de esperanza y con vuelo audaz, se
extiende de ordinario hacia lo infinito, un breve espacio es
suficiente para ella cuando una dicha tras otra naufragan en
el remolino de los tiempos. Al punto anida la inquietud en el
fondo del corazón engendrando allí secretos dolores, y se
agita intranquila turbando placer y reposo. Cúbrese sin cesar
con nuevos disfraces y puede aparecer ora como hacienda y
hogar, y ora como esposa e hijo, o bien como fuego, agua,
puñal o veneno. Tiemblas ante todo lo que no te alcanza, y
tienes que llorar sin tregua aquello que nunca pierdes.



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