JOHAN WOLFGANG GOETHE


fuego, veía agitarse largas hileras de gentes que se acercaban
estrechándose en el vasto círculo y me rendían homenaje,
como siempre lo hicieron. Reco-nocí a tal o cual personaje
de mi corte, y parecía ser yo el rey de mil salamandras.

MEFISTÓFELES
Y lo eres, Señor, pues cada elemento reconoce la Majestad
como absoluta. Ahora mismo experimentaste la obediencia
del fuego. Arroja-te al mar, allí donde con más furor bramen
las olas, y no bien pises el fondo rico en perlas, se forma
undoso un circulo espléndido, y ves subir y bajar fluctuantes
olas de un verde claro orladas de púrpura, que van
engrosándose en torno de ti, punto central, para formar la
más bella mansión. A cada uno de tus pasos, doquiera que
vayas, los palacios te acompañan. Los muros mismos gozan
de vida, ofrecen un hormigueo rápido como la saeta y están
animados de un impulso de vaivén. Los monstruos marinos
se apiñan para ver la nueva y grata aparición; lánzanse
impetuosos hacia ella, pero ninguno puede entrar. Allí
juguetean matizados dragones de escamas de oro, el tiburón
abre la boca, y tú te ríes ante sus fauces. Por muy suspensa
que en este momento esté la corte que te rodea, jamás viste
semejante hervidero, Mas no por eso estás separado de lo
más encantador: curiosas Nereidas se acercan a la magnífica
mansión en medio del frescor eterno. Tímidas y voluptuosas
como peces las más Jóvenes; prudentes las de más edad. Tetis
está ya informada del caso, y al nuevo Peleo presenta mano y
labios ... Después, el sitio en las regiones del Olimpo...

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